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Pies en el cielo

lundi 10 mai 2010

3ra obsesión: La música

Sin ella no puedo vivir, como diría la canción. Seguramente desde que me concibieron mi mamá y mi papá ya la música estaba en mí. No como para una superdotada o una niña prodigio, sino como una sensibilidad y una receptividad tan profunda que ya corría por mis venas. Suena solemne y cursi, pero no encuentro otra forma de describir lo imprescindible que es la música para mi alma y mi cuerpo también.

Sé que desde casi bebé me encantaba cantar, y me aprendía de memoria las canciones que pasaban por la radio (rancheras o canciones de amor, en general) y las cantaba a grito pelao.

Más adelante, mi mamá tuvo la excelente idea de meterme en la escuela de música de Mérida. Recuerdo perfectamente la primera cita con el director, un señor barbudo con lentes : pidió ver mis manos y dijo que tenía dedos de flautista, lo cual me sorprendió mucho. Entonces tuve una flauta dulce, y recuerdo que ya en clase, con muchos otros alumnos, me estremecía con nuestro torpe concierto infantil. Me encantaba ir a esa escuela, que tenía un patio, que era pequeñita y estaba con frecuencia bañada por el sol.

Después en España mi mamá me metió en otra escuela de música, donde aprendí el solfeo y comencé el piano. También cantaba en la coral, como contralto, « y que ». Eso y el fútbol eran mis mejores momentos. Cantar, y estar allí con mis compañeros (tenía una amiga con la que me reía todo el tiempo), y las clases de piano, con una profe que me adoraba, todo, era un recreo para mí. Era todo un universo acogedor y estimulante.

Recuerdo también lo fajada que era con los dictados que nos mandaban a hacer en la casa. Me pasaba horas escuchando esos cassettes y anotando las notas en mi pentagrama. Nunca me equivocaba, era demasiado maniática. En la escuela sacaba sobresaliente en todo, hasta en piano.

Después en Venezuela fui dejando el trabajo musical poco a poco, por floja y por adolescente. No lo lamento, aunque tampoco me enorgullezco, por supuesto. Sé que no soy una virtuosa, y que me hubiera faltado mucha más pasión para trabajar todo lo que tenía que trabajar. Seguramente tampoco tengo un alma de compositora. Sencillamente, me gusta la música.

Toda la vida me he comprado decenas de discos de todo tipo. Siempre he ido a las bibliotecas municipales a coger discos. En mi casa necesito escuchar música. Es mucho más importante que la tele. La música es infinita : me estremecen las melodías virtuosas de lo que llaman la clásica. Pero me encanta la energía bruta de un rock furioso. Me siento happy con una electro ligera y bailable. Me puedo poner a llorar con muchos boleros, o con algún canto gitano. La salsa también me hace vibrar, o el merengue de Juan Luis Guerra. Me quedo boquiabierta con algunos raps cuando los cantantes tienen aquel flow que te deja con los pelos arriba. Etc…

La música (tampoco soy una experta, con un saber enciclopédico) es para mí el arte más alegre, más cercano a la palpitación de la vida, a la pulsación de nuestras venas y de nuestra conexión con la tierra, la lluvia, el cielo. Es a la vez lo más primitivo y lo más aéreo. En el fondo, es algo que no se explica. Pero cuando una melodía me nubla la mente, me siento completamente viva.

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